Estatutos de los Caballeros de la Última Luz
Del miércoles consagrado
Todo caballero reconocerá el miércoles como jornada de especial dignidad simbólica. Salvo causa grave, deber ineludible, mandato doméstico superior o ruina manifiesta del cuerpo, procurará acudir al Consejo cuando sea convocado.
De la comparecencia tardía
El hermano que llegue tarde no será tenido por traidor, pero quedará expuesto al juicio narrativo de sus iguales, quienes podrán convertir su retraso en travesía heroica, pérdida en tierras hostiles o fracaso logístico de importancia legendaria.
Del deber de estar presente
No basta con ocupar silla y mesa. También se exige presencia de ánimo, escucha razonable y disposición para participar en la conversación sin refugiarse constantemente en el móvil como si estuviera en correspondencia secreta con un emperador extranjero.
De la ronda prometida
Toda ronda anunciada en tono firme y suficiente será considerada compromiso de naturaleza casi sagrada. El caballero que la proclame y no la cumpla podrá ser objeto de mención escrita, descrédito jocoso y memoria insistente en futuras crónicas.
Del uso legítimo de la burla
La ironía, el comentario afilado y el pique entre hermanos forman parte del patrimonio inmaterial de la hermandad. No obstante, deberán ejercerse con intención fraterna, elegancia mínima y voluntad de provocar risa antes que agravio.
De los asuntos del trabajo
Se tolerará hablar de trabajo únicamente lo imprescindible para abandonar el mundo ordinario y cruzar el umbral del Consejo. Persistir innecesariamente en expedientes, correos, tensiones o miserias administrativas podrá considerarse atentado contra el espíritu de la Última Luz.
De los signos y sus consecuencias
Cada caballero aceptará con dignidad el peso de su signo del zodíaco, sus virtudes, sus excesos y las interpretaciones interesadas que los demás hagan de él para alimentar sospechas, alianzas, retratos o crónicas de dudosa imparcialidad.
De los invitados
Todo invitado que cruce los límites del Consejo podrá ser observado, estudiado y, si la noche lo merece, transformado en figura narrativa, personaje legendario o elemento de intriga en las crónicas futuras. Si además revela su signo, quedará oficialmente a merced del mito.
Del deber de memoria
Nada verdaderamente memorable deberá perderse en el olvido. Frases gloriosas, errores nobles, decretos improvisados, discusiones absurdamente solemnes y gestos innecesariamente teatrales podrán ser recogidos en las Crónicas de la Última Luz.
De la gravedad fingida
Los grandes asuntos menores deberán ser tratados con gravedad desproporcionada, pues de esa mezcla entre solemnidad y nimiedad nace buena parte del prestigio imaginario de la hermandad.
De la mesa del Consejo
La mesa del Consejo, cualquiera que sea su tamaño o ubicación, queda reconocida como territorio neutral, enclave de fraternidad, puesto avanzado de conversación y plaza fuerte de la Última Luz.
De la continuidad de la leyenda
Ninguna reunión concluye del todo al terminar la noche. Toda sesión podrá ser origen de nuevas historias, secuelas, sospechas, sentencias y futuras entregas de la saga. Todo caballero acepta, por el mero hecho de sentarse, que tarde o temprano acabará convertido en personaje.